LA LEALTAD
Este es un concepto que siempre me ha causado cierta perplejidad, duda e incluso peligro. Entendemos que ser leales a alguien tiene un papel de no contradecir las posiciones que esa persona o grupo adoptan. De seguir allí independientemente de las decisiones que tome ese grupo o persona. Hacer eso puede a veces conllevar disyuntivas como elegir la lealtad o esa persona o grupo, o la lealtad hacia uno mismo.
La lealtad puede llegar a ser, en este sentido, bastante deshumanizadora, pues si yo a alguien o a un grupo le afirmo que yo le voy a ser leal pase lo que pase, haga lo que haga, eso significa al mismo tiempo que he perdido mi capacidad de elección. Ya no puedo decir qué quiero ni mis valores, porque me he montado en un tren del que no bajaré sea cual sea su destino. Mi destino ya no podrá ser elegido por mí.
Otros deciden por mí, y no tienen que preocuparse de mí, ni por lo que yo quiera porque a mi ya me pueden dar por descontado. Si hacen algo malo y yo estoy allí para respaldarles, no es su responsabilidad lo que ellos perpetren, si no mi culpa por salirme y ser un traidor. Y cierto es que lo serás, pues solo puedes ser traidor si alguna vez te has proclamado leal.
Puede que estés pensando que estoy delirando. Que la lealtad de la que yo estoy hablando es una lealtad unilateral, que la lealtad reciproca entre dos personas no tiene ese problema: si dos personas son leales entre sí, uno no tiene que seguir ciegamente al otro. Los dos van a vigilar su rumbo para no condenar a la otra persona. Sin embargo, en estos casos, la lealtad es un concepto sin tanta contundencia como en el anterior. La lealtad reciproca no es más que confianza mutua y sinceridad. Si yo no te tengo que seguir vayas donde vayas ¿en qué sentido tengo que ser leal? La lealtad es como la valentía: solo se pone a prueba cuando hay amenazas.
La lealtad “hasta la muerte” queda más épico y sí, tiene más mérito. Aparco mis ideas y valores para sientas el confort de tenerme de tu lado y no sentirte abandonado. Lleva implícito que antes me abandono a mí mismo que abandonarte a ti. ¿Cuánto se puede decir que le importas a alguien que te hace abandonarte? ¿Qué ignora tus valores y está dispuesto a llamarte cobarde si te apegas a ellos? ¿Qué no admite que vuestros criterios valen lo mismo, sino que subordina el tuyo al suyo? lo dejo a tu criterio.
Lo que la lealtad tiene de injusto, es que pone el foco en el leal y no en el objeto de la lealtad. Si yo me monto en tu coche, debo pedirte que tengas cuidado con cómo conduces, porque podría llevarme a la muerte. Yo me he montado en este coche bajo la premisa de que tú tendrás cuidado con mi vida. Esto implica que, si vas a ser leal, aunque no puedas ver el futuro, escoge con el máximo cuidado si tienes aprecio por tu propia moralidad. Si la vas a supeditar a otra persona, al menos asegúrate que esa persona tenga cuidado de no comprometerla. Que no te obligue a apoyar situaciones que van en tu propia contra. Es decir que, si pretendes conservar tus valores, lo peor que puedes hacer es ser leal a una persona egoísta.
Si, por el contrario, eliges tener criterio propio, siempre puedes elegir la sinceridad para decirle a la otra persona o grupo cuándo no puedes acompañarle en sus decisiones. Puedes optar por no hacer creer a esa persona no tiene que tener cuidado con sus decisiones en tu presencia y que, independientemente de lo que escojan estarás allí para apoyarles incluso a tu propia costa. Así, al menos, mientras tú estés delante, les obligarás a ser mejor persona y les obligarás a respetarte y no tomar tu criterio por descontado.
No estoy, sin embargo y por mucho que lo parezca, cargando contra la lealtad. Sino más bien contra la lealtad incondicional. Para ilustrar que la lealtad incondicional, en muchos casos, va en contra del criterio propio, hay tres casos paradigmáticos en los que la lealtad incondicional es frecuente, y que se ve con claridad la diametral oposición a los valores propios que puede conllevar, o incluso a la ausencia de estos mismos.
Pensad si no, en el mejor amigo del hombre: el perro. En qué mejor ejemplo de fidelidad y lealtad puedes pensar. Y no me cabe duda de que los cánidos de hoy en día son muy inteligentes, pero creo que podemos descontar que carecen de criterio y valores propios distintos a los de su dueño. No tienen otros enemigos y amigos que los de su dueño. Y precisamente se le puede llamar dueño a su dueño, porque el perro no tiene criterio y raciocinio propio como para no ser poseído por alguien y ser independiente. La lealtad es su único camino.Otro claro ejemplo de lealtad incondicional lo vemos en el ejército. Lo último que necesitan son tus valores y tu criterio propio. Necesitan tu ciega obediencia y lealtad. Tu sentido de la justicia debe de apagarse absolutamente para que puedas justificar y apoyar los mismos actos que tu enemigo, solo por venir de tu lado. No hay lugar para valores y criterio en el ejercito: sabías que no venías a darte besitos y abrazos.
Por último, podemos ver aquel típico ejemplo de la madre que defiende a su hijo el pandillero, el de los cadáveres en el sótano, de las injustas acusaciones de la justicia y la policía bajo el irrefutable argumento de que su hijo en el fondo es buena persona. El amor ciego y lealtad a su hijo está fuera de toda cuestión.
Vemos en estos casos ejemplos de lealtad incondicional cuya combinación con la falta de criterio o valores propios no puede ser mejor.
BONUS POINT: LEALTAD VS FIDELIDAD
Os voy a obsequiar, tras vuestra encomiable paciencia, con la diferenciación entre lealtad y fidelidad. La fidelidad, en mi opinión surge solo ante la aparición de un tercero. Tu perro te es fiel porque solo te quiere y te obedece a ti, y el resto del mundo es inexistente en este sentido.
Tu pareja te es fiel porque no se irá con otro y permanecerá
contigo pase lo que pase. En cambio, tu pareja no es leal únicamente porque no te
engañe o te abandone por otra persona, si no que es leal porque durante aquella
discusión contra la Asociación de la Alpargata no dudó en defenderte y ponerse
de tu lado. Te fue leal.


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