¿LA CRÍTICA ES MALA?

Con frecuencia realizo un experimento mental. Este consiste en ir por las calles de Madrid preguntándole a la gente su honesta opinión sobre si hace falta más pensamiento crítico en la sociedad. Si pensáis que la mayoría de las personas dirían que sí, pensamos igual. Sin embargo, si el reportero en cuestión sacase frente a su entrevistado la obvia conclusión: “entonces hace falta más crítica ¿verdad?”. En tal caso tengo serias dudas acerca de que la gente fuera a proporcionar la misma respuesta.

Preguntar si hace falta más pensamiento crítico es como preguntarle a la gente si hace falta más generosidad. Al tratarse algo bueno, siempre hay déficit. Pero cuando se señalan las implicaciones reales el rechazo se hace notar. Y es que no estábamos hablando de pensamiento bondadoso ni de pensamiento sanitario (si tales cosas existen), estamos hablando de pensamiento crítico, el cuál hace de la crítica su principal razón de ser.

Dependiendo del contexto de una palabra, hacemos caso omiso o no de la vigencia semántica de dicha palabra allá donde se encuentre. Si hablamos de crítica social nos parece estupendo ya que nos suena a que la sociedad mejora con dicha critica o podemos enfocarnos en lo apegados que estamos a las pantallas y lo lejos que están llegando diversos vicios. Sin embargo, cuando se trata de criticar las manifestaciones concretas (encarnadas en personas concretas) entonces recurrimos a que “no hacen daño a nadie”. Tantos siglos de evolución moral y de sesudos devaneos mentales sobre cómo encontrar propósito y significado en esta vida, para que al final todo se resuma en hacer o no hacer daño a nadie.

La filosofía del “no hacer daño a nadie” es amoralidad. Parece ser que toda conducta no delictiva es perfectamente moral. Bajo este prisma, la ludopatía y cualesquiera otras adicciones que se tengan son perfectamente dignas que computan como estilos de vida alternativos debido a que no dañan a nadie. Si para ser coherentes con esta idea hay que pensar así creo que nos encontramos ante un claro retroceso.

La crítica no va dirigida hacia personas sino hacia conductas. No hay nadie menos interesado que yo en qué hace cada quién. Pero estoy profundamente interesado en las implicaciones éticas de cualquier acción sin importar quién encarne tal o cual acción. El ladrón cree que todos son de su condición, y cómo otros critican personalmente, toda crítica es inmediatamente percibida como un ataque personal.

Pero la critica no es más que abstraer a la persona de su acción para evaluar la acción y compararlo con los principios que se alinean con lo que consideramos una mejor o peor vida. Hay una crítica baja, tosca, impertinente y burda en programas como Gran Hermano, Islas de Tentaciones y más telebasura. La crítica de si Aroa habló no se qué sobre Hugo desciende al inframundo la racionalidad que la evolución nos entregó como facultad. Y es que las personas que cometen estos crímenes contra sus sentidos no están en muchas ocasiones criticando en abstracto los actos de esa tal Aroa o Jenny, sino evaluando sus personalidades, lo cual hace francamente poco por el pensamiento crítico.

En oposición a la crítica de Telecinco (o donde sea que se encuentren hoy estos diversos corrosivos oculares), tenemos a Immanuel Kant, cuya corriente filosófica se llama Criticismo y su obra más importante se llama “Critica de la razón pura”. Esto es también crítica, y os aseguro que el libro no va sobre con quien se liaron sus alumnos el fin de semana.

Podemos, seguramente, encontrar un espacio intermedio entre Kant y Belén Esteban y dejar de ver a la crítica como si fuera meterse en la vida de los demás. Aunque para muchos es difícil, se puede pensar críticamente sin meterse en la vida de los demás, y pensar lo contrario seguramente sea una confesión de quien solo pensaría críticamente para tal propósito.

Criticar, juzgar, eran palabras buenas, procedentes de análisis, de juicio, de racionalidad, etc. Hoy solo nos interesa la parte emocional, pero debemos tener en cuenta algo importante: los efectos negativos de ciertas acciones no serán menos negativos si comprendemos la infancia de quien los realiza y empatizamos con ellos. Un ciudadano no estará menos muerto si comprendemos los traumas de su asesino. Y no digo que no haya lugar para la empatía y la compasión con quien hace daño porque sufre. Sin embargo, los demás no pueden quedar en riesgo por mi conmoción ni desresponsabilizar a quien conscientemente tomó una serie de decisiones.

Y una vez escrito esto, me puedo volver a ver Islas de las Tentaciones.

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