LA SUERTE

A la suerte se le puede dar o no un cariz más místico. Hay personas a las que les gusta pensar que, de alguna manera, el universo le tiene en mente y le prepara cosas. De alguna manera, el universo está más o menos en su sitio si resulta que apruebas o suspendes el examen de mates. Por mi parte, como creyente en muy pocas cosas, me limito a pensar que la suerte no es más que probabilidad. Si resulta que te ocurre algo que tenía poca probabilidad de ocurrir en un sentido positivo, tienes muy buena suerte y si ocurre en un sentido negativo, tienes mala suerte. 

¿Qué todo tiene un por qué? Por supuesto, si pudiésemos rastrear toda la cadena de causas de un evento sabríamos el por qué de todo. Pero por no saber los pasos intermedios que conducen a algo, no es necesario inventarse que ha sido el destino. O lo que es lo mismo: que no podía suceder de otra manera. 

El fijarse en que esta semana has visto cinco matrículas capicúas y que justo has conocido al amor de tu vida, es ignorar todas las semanas en la que no has visto ninguna matricula capicúa y todas las semanas a las que no has conocido al amor de tu vida. Que ocurra en la misma semana no significa que una cosa haya causado a la otra. Significa que has tenido mucha suerte, porque ambas cosas eran improbables, y más improbable aun era que ocurran a la vez. 

Sin embargo, con todo esto no quiero desviarme de mi foco, que no es otro que tratar la “suerte interna”. Con la suerte interna me refiero a que no vivimos en un mundo en el que la suerte se limite a encontrarnos una billetera llena por la calle. También es suerte la manera en la que nosotros, por defecto, lidiamos internamente con el trágico suceso de perder la mencionada cartera y la elasticidad de esa capacidad emocional. 

El cuerpo puede entrenarse hasta cierto punto dado que tiene límites físicos. La mente puede entrenarse hasta cierto punto también, pues también tiene unos límites físicos. Todo lo que ocurre en la mente, hasta donde sabemos, tiene alguna correspondencia con procesos físicos que ocurren en el cerebro, cuya velocidad y forma de manifestarse van a variar de persona a persona. Esto implica que, al igual que es una cuestión de suerte el cuerpo que te toque, también lo es la mente que te toque. 

La capacidad para controlar tu impulsividad es absolutamente clave para lo que puedas conseguir en la vida, pero el problema está en que poco depende de ti esa capacidad. Me estoy, con este artículo, metiendo en un jardín del que no creo que pueda salir a lo largo de este mismo artículo sin escribir cuatro hojas más, cosa que, para tu tranquilidad, no tengo intención de hacer. Como segunda mejor opción voy a dejarlo abierto, pues en los anteriores últimos párrafos, por si no te has dado cuenta, estoy cuestionando nada más y nada menos que el libre albedrío y nuestra capacidad de elección.

Reformulo lo dicho hasta ahora: no tengo culpa del cuerpo que me ha tocado ni de como éste reacciona o sobre reacciona a las raciones de patatas bravas, haciéndome engordar más de la cuenta. Pero me ocurre similar con la mente, no tengo culpa de la mente que me ha tocado, ni de que me incline a cuestiones filosóficas, ni de que me haga querer ser astronauta, ni de cómo reaccione a los acontecimientos más oscuros que me puedan haber ocurrido. 

A esto podría surgir la pregunta ¿y dónde quedo yo y mis decisiones si yo no tengo la culpa de nada? Tú sabrás. Desde luego, a ti te puede parecer que la decisión de apuntarte al gimnasio y ser una estrella del fitness a partir de mañana la has tomado tú. Pero hagamos la regresión ¿quién ha tomado la decisión de tomar la decisión? Si no la ha tomado nadie, la decisión simplemente ha aparecido en tu cabeza y tú la has recogido. Exactamente igual que si hubieses “decidido” no ir al gimnasio jamás y abrazar las patas bravas y las de todo tipo.

Esto convierte a todo contenido de tu cabeza en una cuestión de suerte: pienses lo que pienses, tú no has elegido pensarlo. Incluso cuando “eliges” no pensar en algo, el pensamiento de dejar de pensar en algo también es una cesta en tu puerta de alguien te tocó el timbre y salió corriendo. No eres pensador, sino receptor de lo que va pasando por tu cabeza.

Creo que voy a dejarte pensando un rato y voy a ir desapareciendo. Quizá ya vaya siendo hora de hacer algún artículo sobre el libre albedrío, sin embargo, de momento vete agradeciendo la suerte que tengas de ser de como eres y tener las circunstancias que tengas, si es que consideras que debes de estarlo.


Comentarios

Entradas populares de este blog

¿LA CRÍTICA ES MALA?

NECESARIA RUTINA

APROVECHEMOS EL ORGULLO!