LA AUTORIDAD

La autoridad podría ser la potestad que tienen unas personas sobre en relación con decisiones en ciertos ámbitos de su vida o sobre las reglas que rigen su conducta en ese ámbito delimitado. Quizá podríamos distinguir después la calidad de esa misma autoridad. ¿Cómo se mediría la calidad? Pues quizá por la intencionalidad de la autoridad, (¿busca tu bien o busca sentirse superior a ti?), por la discrecionalidad (¿tiene que explicarse y tiene reglas, o hace lo que le da la gana?), por la extensión (¿es autoridad sobre algo específico o sobre demasiadas cosas?), etcétera.

La autoridad a lo largo de la vida de una persona tiene varias fases (o eso se espera). La primera fase pasa por la infancia. En ese momento, si la autoridad se ejerce bien, lo normal es que los niños hagan de la autoridad de sus padres su propio sentido moral. Las reglas que mis padres y mis profesores y otros adultos me marcan y constituyen mi frontera entre el bien y el mal. No tengo frontera propia ya que, como niño, estoy aún descubriendo el mundo.



Más tarde, en épocas más cercanas a la adolescencia, empezamos a experimentar la “etapa rebelde”. Hay más cosas en el mundo que quiero llevar a cabo, y empiezo a tener uso de razón, no entiendo la lógica de muchas de las reglas que me han enseñado, y por lo tanto constituyen un corsé. Ahora mi objetivo es romper esas reglas que no son mi sentido moral, ya que muchas no tienen sentido para mí. Al mismo tiempo encuentro personas que tienen sentidos morales diferentes al que me han enseñado a mí, por tanto ¿Cuál es el bueno? Sin hablar del cóctel de hormonas que constituye ese paso a la adolescencia. Podríamos decir que esta etapa se podría resumir en que la autoridad se interpone entre lo que yo quiero y yo.

Por último, hay otra gran etapa en la que crecemos. La autoridad debería en este caso transformarse. La autoridad se convierte en dos cosas:

  1.  El marco con reglas en el que voy a tener que jugar para conseguir mis objetivos. Todos tenemos jefes y vivimos en una sociedad con reglas por las que me tengo que regir para conseguir mis objetivos. La autoridad deja de ser el obstáculo para mis objetivos, y empieza a ser el camino. Solo tengo que conocer las reglas.
  2. Yo voy a tener que ser la autoridad en muchos casos. Por lo tanto, me vuelvo más comprensiva con ella. Yo voy a tener que ser la autoridad de mis hijos, pero si soy jefe también tendré autoridad relativa. Y tendré mini-autoridades si alguien sabe menos que yo en determinado campo y me pide consejo.

Creo que esta cronología de la autoridad es cierta, y que podemos hallar aquí donde podría estar el fallo en nuestra sociedad con respecto a la autoridad: que muchos no salen de la segunda etapa.

Hay gente que nunca se aprende las reglas y que no parece que su destino vaya a ser jamás uno diferente a quejarse de la injusticia de las mismas. Quejarse de la injusticia de las reglas y de las injusticias en general es algo fundamental para el sentido crítico y para una democracia funcional, que no puede mejorar si no crítica primero sus fallos e injusticias. Cosa distinta es no ser capaz de entender que las reglas pueden jugar también en tu beneficio si adquieres responsabilidad. Solo a través de esa responsabilidad algún día estarás en posición de ser autoridad tú y de crear reglas más justas.

Es un problema que personas que están en situaciones de autoridad no la ejerzan por una extraña creencia en la libertad absoluta. Si hemos dicho que la autoridad del padre constituye, al menos en un principio, el sentido moral de los niños, estamos diciendo que los padres, que son los menos sospechosos de ser malintencionados con sus hijos, renuncian a darles el mejor sentido moral que conocen. Y como dice Savater, en esta sociedad nadie se queda sin educar: si no te educan tus padres o el colegio, lo hará el gánster de la esquina, pero a todos nos van a educar. Tú eliges quién.


Si el sentido moral del niño lo constituyen sus padres, el sentido deontológico y profesional de un trabajador lo deberían construir sus jefes. Si tanto uno usa mal su autoridad, como otro le ve simplemente como un obstáculo, nadie en esta sociedad va a conseguir nada.

Gran parte de la responsabilidad, que es o debería ser el pase para poder ser autoridad, no consiste en otra cosa que en ser capaz de integrar racionalidad también a tus emociones. Todos tenemos emociones, y eso es todo lo que sabe un adolescente: lo que quiere o no quiere, lo que le gusta o no. La responsabilidad trata de trascender eso y ver que la vida no puede ser tan simple como eso.

Desde luego, en la práctica todo es mucho más complejo que en la teoría, hay factores que la teoría muchas veces no ha conceptualizado y abruptamente echar por tierra la teoría. Pero tener alguna teoría razonablemente buena es mucho mejor que no tener ninguna, de hecho, de eso trata la educación en cualquier ámbito.

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