¿LA INTENCIÓN ES LO QUE CUENTA?

En muchos casos se afirma que la intención es lo que cuenta, mientras que en la parte menos favorable a las buenas intenciones por sí mismas, se afirma que el mundo está lleno de buenas intenciones. Esta última frase pone de relieve que las buenas intenciones por sí mismas son, en muchos casos, insuficientes.

Y no es que no me convenza la primera afirmación, desde luego que pienso que la intención constituye, en su mayoría, lo importante de una acción. Lo que pasa, es que en muchos casos cometemos lo que sería mi falacia lógica favorita: la petición de principio. En este caso en concreto, argüimos (a mi juicio correctamente) que la intención es lo que cuenta, pero estamos dando por supuesto que dicha intención es la correcta, o que es incluso buena. Estamos, en muchos casos, confundiendo el gesto con la intención.

Pongamos un ejemplo: en tu cumpleaños, María, tu queridísimo amigo del alma, Juanjo, te obsequia con un regalo: maquillaje. Compra un pintalabios rosa de la primera tienda que vio en la esquina, lo envuelve de manera desastrosa y te lo entrega, esperando que agradezcas que ha tenido la intención de hacerte un regalo, cuando podría no haberlo hecho.

Si observamos esta situación con cierta atención, el gesto ha sido la compra de ese pintalabios. Se ha molestado en hacer un gesto por el hecho de ser tu cumpleaños. ¿Pero cuál era la intención? A mi entender la intención es no quedar mal. No hacerte un regalo que te guste ni ver cómo se te ilumina la cara al entregar un regalo que se encuentre a la medida de su bolsillo y circunstancias.

Si la intención fuese esta última, de seguro que Juanjo hubiera sabido que no te gusta especialmente el rosa, motivo por el cual jamás has llevado un pintalabios de dicho color. No ha dedicado un segundo en pensar si te gustaría, sino a poner en valor la tremenda molestia que se ha tomado en levantarse y gastar el cambio de comprar el pan en tu pintalabios.

Juanjo ha lanzado ha lanzado la pelota a tu tejado, pues ahora te toca demostrar que no eres una desagradecida, aun cuando ese gesto ha revelado que su intención es superficial. El regalo de cumpleaños de Juanjo no versa sobre la cumpleañera, sino sobre el obsequiante y las penurias que ha pasado para encontrar “un color de chicas” para su amiga.

Todos somos Juanjo en algunos momentos. Confundimos nuestro gesto con la intención, y como el gesto es bueno, esperamos que se asuma que la petición de principio tan flagrante que estamos cometiendo también lo sea.

Hay quienes no solo confunden sus intenciones con sus gestos, sino incluso con sus propios sentimientos. Es decir, que a raíz de dichos supuestos sentimientos no me sale ni un triste gesto. Apreciamos mucho a una persona, pero a la hora de la verdad no estás dispuesto a hacer nada por esa persona. Ese aprecio es una expresión emocional que, ciertamente va más allá de los labios que la proclaman, pero tampoco se alejan demasiado de ellos. Desde luego no llega al nivel de la acción.

Pero también podemos encontrarnos el caso contrario: aquellos que solo estarán a la hora de la verdad. Aquellos con los que no se puede mantener contacto regular, pero que el día que lo necesites… harán lo imposible. Para empezar, difícilmente llamarás en momentos de apuro a quien no ves ni hablas con ningún tipo de frecuencia. Eso es, una vez más una expresión emocional que culmina en fuegos artificiales retóricos.

En estos casos la intención es expresar lo mucho que siente uno. Una vez más, cuando me expreso así, el objetivo soy yo mismo: expresarme. Al otro esas expresiones le parecen genial, pero desde luego mi intención no es hacia ellos, sino hacia mí mismo. Todos sabemos cómo funciona una verdadera intención hacia el otro, que empieza por imaginar su cara cuando haga “tal o cual cosa”, o le diga “tal o cual cosa”. Si no hay ningún tipo de anticipación en la reacción del otro, para que dicha reacción sea la que más emoción le suscite, podemos estar prácticamente seguros de que nuestras intenciones seguramente cuenten mucho, solo que estas intenciones tan monas no tienen nada que ver con ellos, sino con decir lo que siento.

Desde luego, esto no quiere decir que si Juanjo hubiera hecho un regalo más elaborado (sin ser necesariamente más caro) seguramente hubiera acertado con los gustos de María. Pero su intención allí hubiera contado muchísimo. Se ha equivocado y le ha comprado unos tacones que pensó que le encantarían y resulta que ella odia los de esa marca. Pero su intención en este caso era buena, pensó en ella cuando los compró, ya que vio que llevaba unos muy parecidos, y se fijó en que ese era un color que a ella le gustaba y tomó el riesgo.

Resulta que, en este caso, María odia esos tacones incluso más todavía que el color rosa del pintalabios del anterior ejemplo. Sin embargo, estas intenciones son muchísimo mejores.

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