¿LA COMUNICACIÓN LO SOLUCIONA TODO?

En estos últimos tiempos se predica constantemente la importancia de la comunicación. Parece que mientras haya comunicación cualquier cosa es posible. Es evidente que, en líneas generales, una mayor comunicación y una voluntad de resolución de los conflictos va a ayudar a desatascar numerosos asuntos, sin embargo, creo que también es evidente que no puede ser la panacea.

Hay casos en los que sencillamente el acuerdo es imposible, simple y llanamente porque los puntos de vista están profundamente alejados.

Hay que tener en cuenta que, a pesa
r de lo que se diga, no todo punto de vista es válido. Escuchar activamente y sin prejuicios es clave, especialmente cuando la persona que tengo delante está expresando lo que siente. No obstante, esa escucha activa se ve severamente dificultada si tengo que interiorizar consejos sobre el cuidado de niños procedentes de un pedófilo. No cabe duda de que tal persona está en plena expresión de sus sentimientos, pero por alguna razón mis prejuicios harían el ejercicio de la escucha abierta mucho más arduo.

No podemos negar que todos hemos tenido delante argumentos igual de absurdos, aunque seguramente no tan delictivos ni moralmente escandalosos. Tal es la razón por la que sencillamente afirmar que todos los puntos son igual de válidos me parece falaz, y en dichos casos la comunicación, la negociación y el “punto
medio” implica que una de las dos partes deba cercenar por completo su sentido lógico, en lugar de construir los argumentos sobre un suelo básico de sentido común. Desde dicho suelo pueden defenderse diferentes puntos de vista, más sencillos de negociar y, en todo caso, de entender por ambas partes.

Desde luego no puede descartarse la consideración y las concesiones que se hacen al otro simple y llanamente por aprecio personal y sin especial consideración a los argumentos lógicos. Sin embargo, si las decisiones con las consecuencias más sonantes siguen este criterio de forma regular, será lo más parecido a nadar contra corriente y con una piedra atada al tobillo.

Este tipo de comunicación es complicada, y pensar que siempre se puede llegar a un acuerdo es ingenuo. Hay veces que no es posible, y que todo lo que se puede hacer es dejar el tema todo lo en paz que se pueda si no se trata de una decisión de vida o muerte. Adoptar uno de los dos lados podría convertirse en un juego de suma cero, en el que la victoria de uno significa la automática derrota del otro. Un juego en el que no pueden ganar los dos.

La comunicación puede ser también infructuosa cuando se pretende que sea muy explicita y constante. Si la comunicación pretende ser constante, eso implica que hay partes que no están siendo intuidas, leídas y entendidas. Que alguien te entienda sin que le digas nada es, o bien por las inmensas capacidades empáticas de esa persona, porque esa persona guarde un gran parecido contigo, o bien porque esté haciendo un esfuerzo por entender. Esfuerzo que no tendrá que hacer si todo tiene que ser dicho y explicitado en nombre de la comunicación.

No se me malentienda, desde luego no soy ningún fan de la costumbre femenina de esperar que su pareja le lea la mente, como si todo el espacio de mi cabeza se emplease en especular en qué podría estar pensando mi pareja. Pero una cosa es que seas reservada a la hora de comunicar que querías pollo con curry y un anca de rana del río Nilo, y otra cosa es que siempre que no estés radiante tenga que pensar que te pasa algo en particular con conmigo, y no que simplemente no estás del mejor humor.

En un principio es difícil saber qué piensa el otro en muchos casos, pero con el tiempo se debe empezar a distinguir las diferentes situaciones en un alto porcentaje, y si eso no ocurre, la comunicación (es decir, repetirlo constantemente) no parece una gran solución, ya que el esfuerzo por comunicarlo no está siendo correspondido con el esfuerzo por entenderlo.

No es que la comunicación no sea absolutamente indispensable en el mundo que vivimos. Desde luego lo es. Pero no es una solución absoluta y hay casos en los que, como todo, ni siquiera procede.

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