CREE EN TI MISMO, PERO NO SIEMPRE
Desde luego, hay cierta parte de la naturaleza humana que se regocija con la narrativa y la ficción. Que le pierde el mito y a la que los hechos reales le parecen algo más bien superfluo y prescindible. Se trata de algo que no deja de maravillarme, y tengo que decir que, como con muchas otras cosas, no termino de superar la incredulidad que me causa.
En esta ocasión hablo de la creencia en uno mismo. Con este termino nos referimos a la convicción que algunas personas guardan con respecto a sus posibilidades a la hora de lograr ciertos deseos u objetivos. Mi incredulidad y asombro entran en escena cuando atónito observo las pobres razones en las que se basa esa creencia en algunos casos. El ejemplo deportivo es un clásico, y ayuda a ilustrar la perspectiva, ya que cualquier persona entiende los límites físicos del rendimiento deportivo.
Bien podría proponerme ser triatleta una semana y albergar la creencia en mí mismo con toda la convicción de la que soy capaz, como ingrediente secreto que me impulsará. Todo lo cual sería de incalculable ayuda a la hora de agotar mi límite físico. Esa creencia me asistirá y frenará cualquier reserva instintiva que yo tenga para que no agote mi límite físico. Pero el problema por el cual no seré el triatleta de élite, que anhelo ser de una semana para otra, no es mi capacidad para darlo todo, sino que ese todo que dar sea mucho más. El problema es que todo lo que tengo para dar es insuficiente para ganar, y no mi falta de convicción y creencia en mis posibilidades.
Esto significa que, para ser una estrella del triatlón, quizá vaya a tener que entrenar durante algo más que esa semana. Mi límite físico y mi límite mental no tienen nada que ver con los límites que requiere mi objetivo por lo que, siendo realista, no tengo motivo para creer en mí ni en mi victoria hasta que haya entrenado lo suficiente como para cerrar la distancia entre mi capacidad y mis objetivos.
En el momento en que mis aptitudes como triatleta se hayan puesto al nivel, mi creencia en mi mismo estará fundamentada en la capacidad real para ganar competiciones. Si en el momento del cierre de una transacción, exigimos garantías mínimas, tickets, reputación, etc. Todo eso nos da fiabilidad y nos facilita creer en la palabra de nuestra contraparte. ¿Por qué razón íbamos a dejar de exigirnos a nosotros mismos esas mismas garantías que les pedimos a los demás para fiarnos?
Quizá quepa el argumento de que pedimos garantías a desconocidos, y que no pedimos las mismas garantías a nuestros amigos que a cualquier otra persona. Sin embargo, no perdamos de vista que por lo general sabemos dónde viven nuestros amigos y solemos mantener contacto con ellos, por lo que la reclamación puede ser más insistente. Y más importante aún: de un amigo deberíamos tener información privilegiada. Conocemos cómo es, por lo que fiarnos o no es algo que hacemos, por lo general, con consentimiento informado. Por todo esto, vemos que la diferencia es simplemente otro tipo de garantías, pero garantías, al fin y al cabo.
Invito al que no haga ya, a no ignorar por mucho tiempo la
realidad que se cierne sobre sus ilusiones, pues en la vida no existe el tiempo
muerto, sino que el tiempo corre, hasta que un día los muertos seamos nosotros.
Mientras tanto, evaluar objetivamente la realidad es crucial para cualquier éxito,
pues a veces la retirada a tiempo es condición sine qua non para lograr
la victoria en otros terrenos.


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