LA INGENUIDAD
La ingenuidad tiene un aspecto psicológicamente atractivo: la falta de prejuicios. Cuando eres ingenuo, te crees todo porque proyectas tu incapacidad o indisposición para la mentira en los demás. Y como tú no ves razón para mentir, piensas que los demás tampoco deberían tener ningún interés en hacerlo.
Sin embargo, al igual que el dilema del prisionero, cuanto más limpio juega uno, más incentivos a jugar sucio tiene el otro, pues ante esa actitud predecible, de repente el jugador sucio tiene mucho que ganar. Si yo, como profesor, confiara en que mis alumnos nunca fueran a copiar y, por lo tanto, jamás los vigilase, tanto mayor sería su incentivo para copiar a sus anchas y aprovecharse.
¿Que quiero decir con esto? Que no es solo que los que pequen de ingenuos sufran la perfidia de los aprovechados, sino que ellos, con su actitud exageradamente crédula, invitan sugerentemente incluso al no tan astuto, a que haga uso de ella para obtener ventajas que jamás obtendría jugando limpio.¿Y en qué consiste dicha ventaja? Muy fácil: en que el ingenuo no ofrece resistencia. Decía Fernando Savater, que la gente no es ni buena ni mala. Todos somos tan malos como nos dejen serlo. Y algo de cierto hay en ello. El ingenuo otorga el lujo a los demás, de despreocuparse de su conducta, pues no solo no habrá resistencia ni represalias, si no que ni siquiera habrá sospecha por muy sospechosa que sea la conducta. Es tentador jugar sin arbitro, poder hacer trampas y ganar el juego, incluso cuando no eres particularmente tramposo.
Se atribuye a Einstein (puede que fals
amente) la frase que
reza algo como: “la maldad del mundo crece no por los malvados que hacen mal,
sino por los buenos que no hacen nada”. Y no creo que esto solo se refiriese a
los indiferentes que permiten que el mal siga su curso mientras que no les
salpique. También a aquellos que, por evitar las asperezas de un conflicto,
permanecen impasibles ante el mal que se les inflige. El malvado, ante esto, ve
su mala conducta validada, ya que esta misma mala conducta es la que le ha
servido para llegar tan lejos como llegó y, que ahora, el harto ya de dicha
conducta, se dispone a cambiar las reglas del juego a mitad de partido. No es
de extrañar que en estos casos su respuesta suela ser tan airada, acostumbrados
como estaban a las facilidades que el ingenuo les ofrecía a expensas de sí
mismo.
El ingenuo piensa que, si ellos se portan bien y tienen buena intención, lo mismo harán los demás. Creo, sin embargo, que no creen eso realmente, sino que rehúyen el conflicto y fingen no verlo, arguyendo que ellos cumplen con su parte, apuntando a la pelota que se encuentra en tejado ajeno. Tratan la mala conducta del otro como si fuera su problema, aunque sean ellos los que estén sufriendo los daños. Ante este tipo de argumentos siempre pienso el ejemplo que me viene a la cabeza: si me echan a la calle gracias a una injusticia, no será mi culpa, pero desde luego que es mi problema.
Ya sabemos que la vida no es justa, y no podemos consolarnos ni conformarnos con ser los que tienen un buen comportamiento, al margen de cómo responden otros al mismo. Es mi deber reaccionar a la realidad y no únicamente a mis propios valores. La vida es amoral y en ella ocurren una serie de hechos y consecuencias. Y muchas veces, si queremos llegar a consecuencias que nos parezcan buenas, es complicado el hacerlo siempre a través de los medios que más casan con nuestra moralidad. La causa-consecuencia no responde más que a sí misma, y poco le importan nuestras éticas, filosofías y aforismos.
A veces hay que enseñar los dientes y, ¿Cómo no? Ensuciarse.
Pocos podrán salir de esta vida tan limpios como entraron a ella. No elegimos
no ensuciarnos, sino cómo ensuciarnos. Esto presupone que lo haremos queramos o
no, pero podemos elegir ensuciar nuestro carácter mostrando enfado y desatando
nuestra ira, o podemos no hacerlo y ensuciarnos a través de sufrir las consecuencias
de ignorarlo. Como dicen en ingles “pick your poison” (escoge tu veneno).
Comentarios
Publicar un comentario