LOS CAMINOS DE LA EMPATÍA

Vivimos hoy en el éxtasis de la empatía. No hay nada más importante hoy que ser empático y tener una inteligencia emocional deslumbrante. La empatía está en el centro de muchos de los problemas que hoy denunciamos, de la marginación hacia ciertas personas y grupos.  

La empatía es sin duda una forma de crear conexión entre personas. Es la base para cualquier diálogo. Realmente entender la posición desde la que parte la otra persona y por qué piensa como lo hace es fundamental para poder entenderse.  

Hay, sin embargo, algunos peros que podrían oponerse, pero no a la empatía en sí, sino a los excesos y confusiones que surgen gracias a este concepto, con costumbres, concepciones y sesgos que se infiltran cual caballos de Troya y que hacen de la empatía una labor mucho más complicada de ejercer. 

Como muchas cosas en esta vida, la empatía puede aprenderse y, como todo en esta vida, hay personas que tienen predisposiciones naturales mayores que otras personas hacia la empatía. Una de las formas preferentes de aprendizaje que tenemos los seres humanos es la imitación de aquellos que consideramos ejemplos y modelos de buenos comportamientos. Y creo que en nuestra imitación no hemos distinguido bien cuándo se realizan actos de empatía, y cuando estas personas realizan otro tipo de actos que suelen ir junto con la empatía, pero que no son exactamente expresiones de la misma. Nos hemos quedado con los hábitos de quienes tienen empatía naturalmente y la hemos confundido con esta.  

De esta manera y por este motivo, no separamos, a mi parecer, adecuadamente la empatía de la simpatía y la justificación. Parece que, si empatizamos con los sentimientos de alguien, tenemos que estar necesariamente de acuerdo con lo que hagan. De esta manera hemos llegado a un punto en que no hacemos más que encontrarnos a personas defendiendo lo indefendible por todos lados con tal que de que no les pase a ellos. 


 

Nos encontramos en un mundo en el que disentir es una forma de agresión, una falta de empatía. A pesar de cuánto se hable del pensamiento crítico, está claro que no son más que palabras biensonantes, pues tan pronto como ejerces dicho pensamiento no eres más que un juzgador sin empatía.  

Entender al otro y estar de acuerdo con él son hoy en día sinónimos. Si no lo estoy significa que la dosis de empatía no ha sido suficiente. La empatía se da por ejecutada en el momento en el que no hay nada que añadir, en el momento en el que entiendas que no hay nada que cambiar. Solo cuando entiendas que quien ha hecho algo jamás podría haber actuado de otra forma se podrá considerar que la empatía ha sido correctamente ejecutada.  

Esta idea desacredita a quienes, en la misma situación que esas otras personas, optaron por buscar ayuda o rodearse de otras compañías. Si el contexto lo justifica casi todo, en muchas ocasiones, encontramos a personas de ese mismo contexto, como hermanos, primos o conocidos que escogieron caminos diferentes a pesar de estar en un entorno y circunstancias similares. Esas personas hicieron un uso diferente de su libertad, la misma que tiene el depositario de nuestra empatía para ir por el camino por el que fue. 

Si ante esto, se nos dice que cada persona es diferente y que, aun en circunstancias similares, las personas actúan diferente debido a las diferencias que hay en personalidad, ahí nos encontramos en la situación completamente circular descrita al principio. Quien disienta es porque no conoce tus circunstancias ni tu sensibilidad. ¿y quién sí te entiende? Solo alguien que se pueda imaginar cómo es ser tú, con tus circunstancias y tu forma de ser. ¿y quién será el elegido para comprender algo tan difícil? Pues tú. Solo tú sabes cómo se siente ser tú, por lo tanto, tú eres el único que puede comprenderte. Todos los demás jamás podrán comprenderlo y no hacen más juzgar.  

La única reacción lógica de quien realmente te comprende es no objetar nada y entender que toda tu circunstancia te ha llevado irremediablemente por el camino que has transitado. Pensar que hay algo que se podría haber hecho diferente no es más que colocarse en el lugar fácil de quien no está en dicha situación. Si dicha circunstancia te llevo a causar daño a otros, eres tan víctima de ti mismo como los demás lo son de lo que sea que hayas hecho. Tu circunstancia te llevo a donde estás, y quien lo comprenda jamás pensará otra cosa.  

La empatía es hoy estar de acuerdo con alguien. Y cuando estás de acuerdo con alguien, cuando algo está correctamente hecho, no es necesario poner soluciones, ya que las cosas están hechas de la única manera en que podían haberse hecho. 

La empatía exige comprensión, paciencia, flexibilidad y no juzgar. Por concretar, no juzgar aquí no se refiere a fingir que no sabes lo que está bien o mal, ni a creer que el bien y el mal depende enteramente de la persona. Si matar “está bien” para alguien, no significa que matar esté bien. No juzgar se refiere a que tu conclusión moral se encuentra en suspenso y no sea de aplicación en esos momentos porque está ocupado escuchando. Estas ocupado acompañando y no tienes tiempo ni ayuda nada empezar a apuntar a ningún camino hasta que las lágrimas se hayan secado.  

Sin embargo, nada de esto implica engañarse y pensar que no hay cosas peores que otras. Que la libertad existe no solo para hacer el bien, sino también para elegir no hacer el mal. Es un proceso que tiene sus tiempos, pero sí hay cosas que cambiar, y debería estar claro que el lugar ideal se encuentra fuera de la situación que causa tanto dolor. Ante todo esto, justificar la situación a través de la empatía solo tiene el efecto de perpetuarla. 

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